Los científicos describen la tierra por el tamaño de sus partículas, su materia orgánica o inorgánica, su humedad y su acidez. Los artistas que modelan la tierra abrazan el mito del origen, aquel que explica la presencia del primer hombre y la primera mujer en el mundo como obra de un dios que les dio vida a través del barro. Los escultores saben maniobrar las peculiaridades físico-químicas de sus materiales para dar vida a los caprichos de su imaginación, a paisajes renovados que enriquecen nuestra relación con el entorno.
Escultoras como Paloma Torres y María José Lavín han cincelado el aire, bloqueando su transparencia con piezas que siembran bosques habitados por mujeres-corazón. Las escultoras intervienen el paisaje para romper su silencio con adiciones provocadoras; ya sea en piel, paper clay o pan de oro —como en la Venus de María José Lavín—, ya sea en cerámica como las columnas y muros que nos invitan a habitar distintos tipos de ciudades construidas por Paloma Torres.
La tierra no sólo ofrece su maleabilidad y sus facultades esponjosas, sino que también acepta los dones primigenios del fuego para establecer su permanencia. Así, tras una apariencia callada y quieta, las escultoras se adentran en el movimiento y la potencia de la tierra, en los secretos de las algas, en los vestigios de una vida anterior guardada con celo, exprimiéndola, sometiéndola, tallándola y, reconociendo el sustento de un mundo imperfecto, la hacen gritar, gemir, cantar. Dos escultoras dialogan a través de sus formas de ver y capturar la materia para revelar los sueños cantados del sustrato terroso del planeta.
Basta con leerlas con los ojos. Lo demás, la revelación, sucederá.
por Mónica Lavín
C. de la Amargura 5
San Ángel
CDMX 01000
Martes a Sábado 11am – 7pm
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